Novena de Santa Isabel, Madre San Juan Bautista

 

 

Te rezo, Santísima Trinidad, ya que me hayo afligido por las penas de las vida, de la enfermedad y de los sufrimientos que se van sumando día a día.

Pero como creo y tengo fe, dirijo mi mirada hacia Isabel, la que no podía concebir y que jamás perdió la esperanza.

 

 

Día Primero – El Silencio de Zacarías

 

Zacarías, esposo de Isabel, bajó de las montañas a Jerusalén, como cada año que le tocaba guardar el templo. Allí, como siempre, muchos le preguntaron por su descendencia. Él, entristecido les dijo que el vientre de Isabel estaba seco. Después, se preparó y entró al templo...
Él la amaba tanto que sonreía cada vez que Isabel le prometía un varón para su estirpe, pero no creía en ello.
Señor que la incredulidad no nos ciegue jamás el alma.

 

 

Día Segundo – Revelación de Zacarías en el Tempo

 

Andaba algo distraído Zacarías, encendiendo antorchas, echando incienso, y arrodillándose ante el altar, cuando escuchó, o creyó oír, una voz que desde su interior le decía: Tu mujer, Isabel esta encinta y concebirá un hijo, le pondrás por nombre Juan y será llamado el precursor, el que allanará los caminos de mi Hijo.

Esa voz, que no procedía de ninguna parte le turbó en demasiado. Además eso era imposible, si se hallaba casi en la ancianidad y ya no era fértil. “No, se dijo a sí mismo, son imaginaciones mías, es el ayuno.”
Entonces, El Señor, viendo la tozudez de su siervo le dijo de nuevo: “No solo se cumplirán mis palabras sino que hasta entonces tu quedarás mudo.”.
Así fue, Zacarías, dejó el templo sin hablar con nadie y partió temeroso de haber ofendido al Señor.
Lo imposible se muestra a nuestros ojos con gran facilidad, pero... La Voluntad del Señor todo lo puede.

 

 

Día Tercero – Zacarías vuelve a casa

 

Con qué algarabía le recibieron sus vecinos, era un honor el que bajase uno de sus varones a servir al templo, además esperaban escuchar noticias de Jerusalén.

Zacarías, se abrazó a su esposa, y puso la mano en su vientre. Isabel sonrió. Pero no quedó ahí, la aldea en plena intentaba entrar en la humilde casa y saber, escuchar a Zacarías, pero este no podía hablar. Ante la insistencia, pidió un madero y un poco de yeso para escribir.

“Algo grande ha ocurrido, en el Templo me habló el Señor y mi esposa me dará un varón”.

Incrédulos unos pensaron que quizás el sol del camino le había hecho daño en la cabeza, otros, fervorosos se tumbaron al suelo dando gracias a Dios por el milagro. Uno preguntó: ¿es que no puedes hablar?. –“No”.

Al pronto otros alzando la voz gritaban se llamará Zacarías y será siervo bendito del Señor como su padre. ¡Rápidamente, pidió de nuevo la tablilla! -“Se llamará Juan.”. –“¿Juan?”.

Entonces, muchos que no entendían el agravio a la tradición, empezaron a marcharse, otros les felicitaron.

Al fin Zacarías e Isabel se quedaron solos.
Grande es mi Señor que en mi ancianidad me dió la gracia de la preñez.
¡Qué Milagro más grande en esta sierva que nada merecía!. –“Sí, se llamará Juan”.

 

 

Día Cuarto – María visita a su prima Isabel

 

En cuánto Isabel vio a María de lejos subida en el borriquillo, Juan desde su vientre se movió, arrodillándose casi, ante la presencia de su Señor.

Isabel salió corriendo al encuentro de su prima y dijo. “ Loada que a mí venga a verme la madre de mi Salvador; mi hijo se revolvió en el vientre en cuanto lo sintió!.

Después hubo abrazos, complicidad, oración y se prestaron ayuda mutua.

Isabel ya de seis meses, necesitaba mucha ayuda. María estuvo allí orando día y noche por ella, rezando y protegiéndola.

María, protégeme ahora que necesito tanto de tus cuidados y consejos.

 

 

Día Quinto – Nacimiento de Juán

 

María ayudó a alumbrar al niño bendito, precursor del que iba a venir.

Zacarías, al ver al niño, se le soltó la lengua y dijo –“Juan, se llamará Juan”, y el pueblo descreído volvió a creer y a ensalzar y alabar con cánticos al Señor que todo lo puede.
María, besó a su prima y volvió a Nazaret.
Los milagros están ahí, tan cerca que ni los tocas ni los ves, pero existen.

 

 

Día Sexto – El niño Juan Crece

 

Le gustaba aislarse, no jugaba demasiado con los otros niños, pero siempre estaba atento a las enseñanzas de Zacarías, su padre.

A escondidas, desde bien niño, se acercaba al desierto dónde le gustaba ver a las lagartijas y sentarse al mirar la arena que se deshacía entre sus dedos.

Por aquel tiempo, unos soldados llegaron en medio de la tarde y pasaron a cuchillo a todos los niños menores de 3 o 4 años.

Isabel, avisada por un ángel, marchó presurosa al desierto y permaneció allí varios días.
Fue cuando Juan le dijo a su madre que muchas veces jugaba con otro niño un poco menor que el, no sabía su nombre pero jugaban y se detenían para rezar y comer pan y queso.
Cuando parece que todo está solucionado, llega el mal y hace estragos, pero la calma, la oración y la vida de cada día ha de seguir.

 

Jamás perdamos la confianza.

 

 

Día Séptimo – Isabel y Zacarías dejan partir a Juan al desierto.

 

Ya no le volverán a ver. La caña que mece el viento empieza su camino de curación.
Desde entonces se dedicará a crecer por dentro, a ganar fuerzas para la lucha que le espera.
El que no merece ni atar las sandalias a su Señor, un día le bautizará en agua del Jordán.
Aprovechemos las esperas para interiorizar, para crecer por dentro, para pedir, pero también para aceptar.



 

Día Octavo – Juan baja por los caminos clamando por el que ha de venir.

 

Juan predica, tiene discípulos, pero no tiene nada, él no es nada, ni se siente merecedor de nada.

Así que espera y camina a la vez. Confía

Esa confianza es la que nos llevará a vivir en Dios, a aceptar su voluntad, a curarnos, a aprender, a crecer y a llenarnos de él.


 

Día Noveno – Juan bautiza a Jesucristo

 

Y llega el día por todos esperado, el día en que todos queremos que se cumpla lo deseado; la voluntad de Dios.

Jesús se acerca humilde, guardando su sitio de la fila. Como uno más, se desnuda, se entrega y confía.

Juan levanta el rostro y exclama -“Yo, que ni siquiera soy digno de soltarte las ataduras de tus sandalias, quieres que te bautice, en agua, yo, que nada soy, yo...?”

-“Haz lo que Dios espera”, le respondió Jesús.

Arrodillado ante Juan Jesús recibe el agua de Jordán, y los cielos se abren para resonar como un trueno.

-“Este es mi Hijo Amado”. El Espíritu Santo vuela sobre él y se posa en su frente.